15 de noviembre de 2013

Metáfora cortesía de Poe, Cortázar y Stanley

Hoy, en Cronopios Times, Stanley Luna compara "La caída de la Casa Usher", de Edgar Allan Poe, con "Casa tomada", de Cortázar, y sugiere que: "'Ellos' los que se han tomado la casa del cuento de Cortázar pueden ser también las preocupaciones o temores de los que padece el personaje del cuento de Poe, temores que pueden llegar a matar".
La interpretación de Stanley me agarró desprevenido por completo, y me hizo pensar: la "casa tomada" es uno mismo. Los miedos, y tantas cosas que no son yo, pueden llegar a ocupar todo mi espacio interior, mi atención, mi energía, y a echarme.
Cortázar es uno de mis autores favoritos porque me da muchas oportunidades de hacer metáforas. Cuentos como "Una flor amarilla", "Lugar llamado Kindberg" o "Diario para un cuento" me han servido de espejo en más de alguna ocasión, y me han hecho que me detenga un rato y me diga: Hey, este sos vos, este podrías llegar a ser vos. Cuidado. Estate atento.
Hallar una metáfora, para mí, es una cosa que vale mucho. Y descifrarla, saber usarla, vale todavía más. Agradezco a Poe, a Cortázar y a Stanley, porque entre los tres urdieron, a lo largo de más de un siglo y medio de vidas y de escritura, una metáfora que llegó hasta mí.
Ojalá que los jugamos este juego de las metáforas (que no usa cartas ni dados ni balas, pero que no por eso es menos azaroso) tengamos suerte hoy en encontrar un espejo, y también el valor para vernos en él. Para no irnos de la casa, sino que volvernos e ir a ver quién está allí. Y, lo más seguro, lo más seguro es que detrás de esa puerta, o al final de ese pasillo o de aquella escalera (y le apuesto un licuado de zapote con leche a quien que quiera hacer el experimento), sólo va a estar uno mismo.

6 de noviembre de 2013

Frente a dos pinturas del infierno

Hoy, en Cronopios Times, Sofía Penado hace una comparación entre Pedro Páramo y A puerta cerrada. Lo que ella sostiene es que ambas obras tratan sobre lo mismo: sobre el infierno. Retomo su enfoque de los personajes. Ella dice que, en ambos libros, los personajes no son "entes libres, capaces de elegir algo diferente para ellos mismos"; que viven en el infierno porque tienen puesta su felicidad en las acciones de los otros.
Estas maneras de entender la libertad y la felicidad, yo las comparto.  Me explico sobre cada una.
La concepción de la libertad que heredamos del Romanticismo es la de "hacer lo que uno quiera". Creo que ese concepto fue necesario durante los últimos siglos, pero también creo que, ahora, podemos llevar el juego a un nivel más avanzado, a un grado mayor de dificultad, y podemos, sin ningún problema, sin que nada se pierda, cambiar el criterio para decidir quién es libre. Y el nuevo criterio, el de esta época de posibilidades cada vez mayores en cada vez más campos, bien puede ser: ¿somos capaces, soy yo capaz, de elegir algo diferente de mi infelicidad? El criterio de libertad de nuestra época, entonces, bien puede ser: ser capaz de elegir de manera consciente lo que uno es. Hacer lo que uno quiera, considero, puede conducirnos, aunque sea de manera inconsciente, a ser, día tras día, infelices. Hacer lo que uno quiera me parece, esto sí, una actitud perfecta... como punto de partida. Pero si uno se queda parado siempre en la casilla 1, como que el juego no tiene mucho chiste, ¿no? ¿A qué horas voy a llegar a la isla del tesoro, a la olla de oro al otro lado del arcoiris, al cielo de la rayuela, si no me atravieso todo el tablero; si no empiezo por la casilla 2, y sigo con la 3, y la 4, y así?
Y, sobre la felicidad, lo pongo en términos de una tesis: todo lo que funciona en un aspecto de la vida funciona igual en los demás aspectos. Si, por ejemplo, quiero escribir un libro, y la única manera de que escriba un libro que me satisfaga y me guste por completo es escribirlo yo mismo, sin que nadie más le meta mano; de igual manera, la única manera de ser feliz, y cada uno deberá decidir lo que eso significa, tendría que ser ser feliz por mí mismo. Ser un sistema autosuficiente de producción continua de endorfinas, si lo decimos con hormonas, vaya. Pero, independientemente del lenguaje en que lo diga, el punto sigue siendo el mismo: si la tesis que planteo es cierta en el juego llamado arte, ¿será cierta en los demás juegos? ¿Cómo comprobarlo?
Sobre ambas cosas, lo único que puedo hacer es eso: averiguar. Hablar sobre ellas está bonito, está bien para empezar, pero solo con hablar, esto es obvio, no escribo un libro.
No tiene mucho chiste estar en la casilla 1, tal vez muy lleno de palabras concienzudas, pero con los dados no rodando por el tablero, sino siempre en mi mano. La pregunta, entonces, es: ¿me atrevo a jugar? La pregunta: ¿me aviento?

5 de noviembre de 2013

El niño que hemos olvidado

De niño, mi mamá me leía cuentos. En mis clases de redacción asigno leer Cuentos de cipotes, y sé que lo ético es que uno nunca asigne un libro que no ha leído, pero con ese libro rompo la regla: yo sólo le he leído un par de cuentos, a lo mucho unos tres, pero lo conozco completito, y hasta me sé muchas frases y fragmentos, porque mi mamá me lo leyó. Era el rito de las noches: antes de dormir, por lo menos un cuento. Los de Mi libro encantado o los de Cuentos de cipotes. Vuelvo a mi cuarto de niño y allí estamos mis hermanos y yo alrededor de mi mamá, que modulaba la voz para leer, nos enseñaba los dibujos cuando pasaba las páginas (porque esos eran cuentos con todas las de la ley: ilustrados y a todo color) y muchas, pero muchas veces, no nos leía uno o dos cuentos, no. No sé si sea mi impresión, pero había noches que nos desvelábamos cuento tras cuento tras cuento hasta que ella, mucho más que nosotros, era la que iba cayendo dormida.
Estas últimas semanas, mis alumnos de literatura me han recordado la magia de Salarrué. En las redacciones del blog de la materia han escrito sobre sus libros desde diferentes perspectivas: su lenguaje, su valor para nuestra cultura, su papel en la formación de nuestra identidad, y en los textos de ellos he ido hallando frases que para mí han sido, como decía el viejo Sócrates, "palabras para recordar algo importante": 

"Cuentos de cipotes es un ejercicio de introspección, del 'yo soy tú y tú eres yo'. Proceso místico tan vital como respirar". 

"Si algo es inherente a todo ser humano es el asombro".

"Es el lenguaje de todos los tiempos, que no se destruye".

"Los Cuentos de cipotes nos hacen protagonistas a todos, porque nos hacen reencontrarnos con el niño que, por una u otra razón, hemos dejado olvidado". 

(Estas frases las he cambiado según yo las quise leer, que es uno de los de derechos de todo lector: cambiar las palabras que lee y escribir sus propios libros).
Este post, pues, no tiene otro propósito que decir esto: crecí con Salarrué, con sus personajes y bayuncadas, y con los dibujos que su hija Maya le hizo a su libro, y mis estudiantes me lo han recordado. Me han devuelto a esas noches con mis hermanos y yo haciéndole ronda a mi mamá para reírnos de algo que ya no sé qué tanto entendíamos, pero que sí sé, esto sí lo sé bien, que disfrutamos.
"El niño que por una u otra razón hemos dejado olvidado", ha escrito Rosemary Zepeda en su post de hoy. Bueno, en uno de sus dos posts de hoy, porque hoy Rosemary ha escrito sobre Cuentos de cipotes y también sobre Noticia de un secuestro y lo narco en nuestra cultura. No dejen de ver esto, así como las publicaciones que siguen, en Cronopios Times. Y, por supuesto, tampoco dejen de visitar a ese niño de cada uno. Dejen sus blogs, su Google + y su Facebook, donde hoy están leyendo esto, y vayan a visitar un ratito a ese niño. Jueguen con él, ríanse con él, dibujen una casita con un sol y un árbol. Canten con su niño algo sin palabras, algo a puros sonidos locos. Ríanse por nada. Y cuéntele un cuento, uno de cipotes o de lo que sea, no le hace, pero visítenlo, y quédense, aunque sea un ratito. Y no olviden decir buenas noches antes de irse a dormir para volver a jugar mañana.

20 de agosto de 2013

Dos que encuentran la misma metáfora

Home is where one starts from. As we grow older
The world becomes stranger, the pattern more complicated
Of dead and living. Not the intense moment
Isolated, with no before and after.

T. S. Eliot



18 de agosto de 2013

"Eres un escritor. ¡Escribe!"

Necesito agarrar ritmo. He dejado de escribir por un montón de razones que solo podría clasificar, con palabras amables, como bobadas, naderías puras. Y no: la cosa no puede seguir así. 
A mis alumnos de redacción les he dejado que escriban por lo menos diez líneas diarias sobre cómo ha sido su día hasta el momento. Pues bueno, voy a usar ese truco conmigo. Siento que necesito algún truco y ya que tengo este a mano, lo tomo. 
Hay una película donde la esposa le dice al esposo: “Eres un escritor. ¡Escribe!” y yo siento que eso es lo que tengo que hacer ahorita. La frase me pega, así que eso es lo que tengo que hacer.
Sé que escribir me sale. Sé que hay cosas que solo alcanzo a saber, o que solo empiezo a saber, si las escribo. Sé que por ese lado me llegan las cosas, o por lo menos varias de las cosas que considero importantes. Así que: sirvan esas o cualesquiera otras razones para volver a escribir. Sirva que escribo. Así, sin buscarle ni una pata más al gato. Sirva que hoy ha llovido y vi a una muchacha y a su mamá a quienes el paraguas se les dobló con el viento, y se rieron de eso. Y también sirvan los grillos de esta hora, los truenos a lo lejos. Que todo sirva. Lo de aquí y lo de allá, lo que se ve así nomás y lo que no se ve tan fácil. Que todo, muchas veces que todo. Que escribo y que todo. Todo.

3 de febrero de 2013

Contar las emociones

Hoy estaba leyendo Los hermanos Karamazov y llegué a este pasaje:

Aquí debo apuntar que de esta entrevista del ermitaño con quienes habían acudido a él justo el último día de su vida, se conserva una parte escrita. … El relato se desenvuelve ininterrumpidamente, como si el ermitaño hubiera narrado su vida en forma de novela, dirigiéndose a sus amigos. Sin duda ocurrió así, porque, como se desprende del propio relato, la cosa transcurrió de manera algo distinta; aquella tarde la conversación fue general, y aunque los huéspedes interrumpieron poco al ermitaño, también hablaron, intervinieron en la conversación, quizá contaron y narraron algo de su propia vida.

Esa última línea, la escena que vi, “los huéspedes también hablaron, intervinieron en la conversación, quizá contaron y narraron algo de su propia vida”, me detuvo. Yo estaba sentado en un sofá enfrente del patio, eran como las cuatro y media de la tarde, había viento, cielo despejado y sol oblicuo de verano. En la sala, mi hermano o mi hermana había puesto una canción con sintetizador y violín, o sintetizador que sonaba a violín. Mientras leí el párrafo de ese pasaje la canción estuvo puesta. No me acuerdo cuándo se terminó, pero cuando terminé el capítulo, vi el naranjo del patio, que se movía con el viento, y el sol y el cielo, y después sonaron las campanas de la iglesia, y después unas palomas. Sí, fue uno de esos momentos en los que uno se hace sensible a los sonidos que ordinariamente olvida. Pero lo que me impactó es la emoción que me había producido esa línea. Sentía esa emoción y, cuando vi el naranjo, busqué ponerle nombre y no pude, y entonces me olvidé del nombre, sólo me quedé sintiendo algo que ahorita me doy cuenta que no sé cómo se llama, pero que ya he sentido otras veces antes, varias con el arte. Y más que contar la historia de esa emoción o tratar de hallarle nombre (me ha sucedido, y eso es lo que importa) quisiera escribir un poco sobre lo difícil, lo dificilísimo que, de momento, me parece hablar de una emoción. Había querido escribir este post antes, tomando otros pasajes, hablando de otras cosas, pero había visto que mis pensamientos eran muy fragmentarios para tratar de una sola cosa por mucho tiempo. Ahora acepto esa fragmentación, y dejo apuntadas tres notas sobre contar las emociones.

1. Borges o quien sea
Uno de los ensayos de Otras inquisiciones empieza así:

Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir, del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Indagar las razones de esa emoción es el fin de esta nota.

No recuerdo si en algún otro ensayo Borges escribe “Contar la historia de esa emoción es el fin de esta nota”, pero esa cadena de cosas, la historia de una emoción, ya lleva días dándome vueltas. Contar la historia de una emoción no me parece imposible, lo que me parece notable de eso, y hasta más importante que contarla, es la pregunta: ¿puede uno seguir la historia de emoción en uno mismo? ¿Puede uno estar tan pendiente que logre ver esa cadena de hechos, y esa cadena de emociones “pequeñas”, que tiene que suceder para desembocar en una “emoción grande”, por llamarla de alguna manera? No sé responder a esas preguntas, y dudo que la respuesta sean palabras, sólo me las hago y trato de seguir todo lo que pueda esa emoción que me acaba de pasar con Los hermanos Karamazov.

2. Opio en las nubes
En el 2010 estaba en el aeropuerto de Bogotá esperando mi vuelo (era una conexión a Medellín para después otra a San José para después casa) y estaba leyendo Opio en las nubes, una novela, por llamar de algún modo a uno de esos libros de género indeterminable, de Rafael Chaparro Madiedo. Me lo había regalado el editor y creo que lo empecé en esa sala de espera. El primer capítulo estaba divertidísimo, así que el libro prometía. Llegué al segundo: “Una ambulancia con whisky”. Ahí el protagonista es el novio de la muchacha del primer capítulo y está muerto y cuenta cómo se murió. Y es literatura pura: no me interesaba tanto que eso hubiera pasado, sino que lo que me agarró y no me soltó durante todo su relato fue cómo lo contaba. Más que un relato, para mí era un poema inmenso. Comienza:

Me llamo Sven y morí ayer o tal vez la semana pasada. Realmente no sé qué sucedió. No sé si fue una inyección de veneno en las venas o si me estallaron una botella de whisky en la cabeza. No sé. No sé. O si me abalearon en la puerta del Bar Anaconda. O tal vez en el Bar Los Moluscos. Lo único que recuerdo son las luces de un bar, el baño lleno de vómito y una canción, With or Without You, en el fondo del recinto, en el fondo de las luces, en la lluvia, un letrero en el espejo que decía entonces le diré que nunca más me pondré esta ropa, un teléfono, una ambulancia, una puerta blanca y de nuevo alguien que decía de nuevo oye tranquilo yo puedo vivir sin ti, tranquilo with or without you, doce de la noche mierda, se nos muere, mucha heroína, mucho alcohol, mucha tristeza, mierda, quédese tranquilo, relájese, piense en un cielo azul, en una ciudad con edificios blancos, sueñe con un potrero lleno de naranjas, con una mañana con una lluvia de aves negras, piense lo que se le dé la gana, mierda se nos va, tranquilo with or without you.

Esa semana en Bogotá había sido de muchos edificios grandes y desvelos y gente nueva y pasarla bien, muy muy bien. Y ese año había sido de mucho salir con amigos y mucho San Salvador y algo de bares y tragos y otro poco de desvelos y otro poquito más de no dormir toda la noche. Así que, en cosa de recuerdos, tenía fresco mucho del ambiente del capítulo. Como digo, ese capítulo me agarró y no me soltaba, y cuando llegué a la parte donde él se moría (en el camino al hospital se había enamorado de la enfermera), me solté a llorar, no, a lo que se dice sin pudor chillar, sin detenerme, sin que me importara que me estaba viendo la gente de la sala de espera, con lamentos en voz alta y a moco tendido (ni siquiera los mocos me limpiaba); así, así, a llorar con todo. Cuando me pasó y ya me soné, porque en algún lugar había que poner eso después del espectáculo, me quedé calmado, con esa sensación de calma de cuando uno llora algo que necesita, que le urge llorar, y me di cuenta de que en la sala la mayoría de gente que estaba esperando eran estadounidenses o negros. Mi sorpresa: estaba en la sala del avión que iba para no sé qué isla turística del Caribe. Guardé el libro, me levanté y atravesé corriendo todo el aeropuerto. Alcancé a llegar a la cola cuando la gente ya se estaba subiendo al avión.
Esta es la historia de un momento de una emoción que tuve, una de las que más recuerdo del tiempo reciente. Ese momento lo puedo contar porque tiene algo físico. Hasta puedo decir que en esa salita de espera tuve una catarsis. Pero, cuando no hay señales tan visibles como, en este caso, las lágrimas, los gritos y los mocos, entonces, ¿cómo se cuenta la emoción? Sé que se puede, algún cómo ha de haber, es sólo que, en este momento, yo no lo conozco. Conservo la pregunta hasta que halle uno de esos cómos.
(Posdata de este recuerdo: en la aduana de Medellín vieron el título del libro y me llamaron para registrar mi maleta; en El Salvador, me dijeron que se quedaba en revisión, y me llegó a la casa hasta un par de días después).

3. Un pensamiento que vuelve a suceder
Han pasado tres horas desde que leí el pasaje. Interrumpí el post y cené, y en ese transcurso me ha vuelto un pensamiento que tuve cuando me emocioné y que después se me había olvidado. Cuando leí el pasaje, “los huéspedes también hablaron, intervinieron en la conversación, quizá contaron y narraron algo de su propia vida”, lo que me pasó por la mente fue: el ermitaño Zósima se está muriendo y, la última noche que podría estar vivo, les cuenta su vida a sus amigos, y ellos, entre la narración de él, cuentan cosas sobre sus propias vidas: una vida hecha de vidas, un gran blog donde varios escritores ponen algo de su parte, y tejen algo bonito, en el último post del dueño.
Zósima es un personaje grandote. A mí, desde que empieza a aparecer en la novela, me tiene dando gritos de asombro. ¡El tipo es una maravilla completa! Y ahora que se va a morir, en esa última plática, se ponen a armar una vida entre todos. Todavía no leo la vida de él, que es el capítulo siguiente, pero la idea de que los invitados fueran a hacer eso, aunque en la novela no vaya a pasar, me detuvo. Estas son más o menos las palabras del pensamiento que tuve con la emoción.


Hablar sobre las emociones no es sentirlas, de eso estoy claro, igual que tampoco lo es pensar en ellas. Ahora, de vez en cuando me recuerdo con palabras cosas sobre las emociones (“El arte es un medio emocional de autoconocimiento” es una de las frases que más me vienen) y creo que me ayuda, a eso: a recordar.
Mi mente entiende de las tres dimensiones, del tiempo y de cosas por el estilo. Todo lo demás admito que no lo entiendo. Y cada vez dudo más de que todo lo demás sea para entenderlo, para procesarlo con la cabeza. Ya me pasé un buen rato de años intentando una cosa así y ya me va pareciendo que no funciona. “Uno ama con las vísceras, no con la inteligencia”, para decirlo con palabras de los Karamazov.

La comedia

No todo en una comedia es risa. Hay cosas patéticas también. La risa y las lágrimas resultan ser vecinas: en la comedia nos reímos de nuest...