5 de noviembre de 2013

El niño que hemos olvidado

De niño, mi mamá me leía cuentos. En mis clases de redacción asigno leer Cuentos de cipotes, y sé que lo ético es que uno nunca asigne un libro que no ha leído, pero con ese libro rompo la regla: yo sólo le he leído un par de cuentos, a lo mucho unos tres, pero lo conozco completito, y hasta me sé muchas frases y fragmentos, porque mi mamá me lo leyó. Era el rito de las noches: antes de dormir, por lo menos un cuento. Los de Mi libro encantado o los de Cuentos de cipotes. Vuelvo a mi cuarto de niño y allí estamos mis hermanos y yo alrededor de mi mamá, que modulaba la voz para leer, nos enseñaba los dibujos cuando pasaba las páginas (porque esos eran cuentos con todas las de la ley: ilustrados y a todo color) y muchas, pero muchas veces, no nos leía uno o dos cuentos, no. No sé si sea mi impresión, pero había noches que nos desvelábamos cuento tras cuento tras cuento hasta que ella, mucho más que nosotros, era la que iba cayendo dormida.
Estas últimas semanas, mis alumnos de literatura me han recordado la magia de Salarrué. En las redacciones del blog de la materia han escrito sobre sus libros desde diferentes perspectivas: su lenguaje, su valor para nuestra cultura, su papel en la formación de nuestra identidad, y en los textos de ellos he ido hallando frases que para mí han sido, como decía el viejo Sócrates, "palabras para recordar algo importante": 

"Cuentos de cipotes es un ejercicio de introspección, del 'yo soy tú y tú eres yo'. Proceso místico tan vital como respirar". 

"Si algo es inherente a todo ser humano es el asombro".

"Es el lenguaje de todos los tiempos, que no se destruye".

"Los Cuentos de cipotes nos hacen protagonistas a todos, porque nos hacen reencontrarnos con el niño que, por una u otra razón, hemos dejado olvidado". 

(Estas frases las he cambiado según yo las quise leer, que es uno de los de derechos de todo lector: cambiar las palabras que lee y escribir sus propios libros).
Este post, pues, no tiene otro propósito que decir esto: crecí con Salarrué, con sus personajes y bayuncadas, y con los dibujos que su hija Maya le hizo a su libro, y mis estudiantes me lo han recordado. Me han devuelto a esas noches con mis hermanos y yo haciéndole ronda a mi mamá para reírnos de algo que ya no sé qué tanto entendíamos, pero que sí sé, esto sí lo sé bien, que disfrutamos.
"El niño que por una u otra razón hemos dejado olvidado", ha escrito Rosemary Zepeda en su post de hoy. Bueno, en uno de sus dos posts de hoy, porque hoy Rosemary ha escrito sobre Cuentos de cipotes y también sobre Noticia de un secuestro y lo narco en nuestra cultura. No dejen de ver esto, así como las publicaciones que siguen, en Cronopios Times. Y, por supuesto, tampoco dejen de visitar a ese niño de cada uno. Dejen sus blogs, su Google + y su Facebook, donde hoy están leyendo esto, y vayan a visitar un ratito a ese niño. Jueguen con él, ríanse con él, dibujen una casita con un sol y un árbol. Canten con su niño algo sin palabras, algo a puros sonidos locos. Ríanse por nada. Y cuéntele un cuento, uno de cipotes o de lo que sea, no le hace, pero visítenlo, y quédense, aunque sea un ratito. Y no olviden decir buenas noches antes de irse a dormir para volver a jugar mañana.

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Dawn of a New Day , de Theresa Paden Abro los ojos a mí y esto soy: un caballo en el viento al alba.