16 de noviembre de 2014

La plática de Khayyam

Nietzsche dijo que platicar es una dulce locura, pero Omar Khayyam, poeta sufí del siglo XII, lleva esta idea (bueno, en realidad la llevó seis siglos antes de Nietzsche) a un nivel espectacular. ¿A alguien se le había ocurrido que en una conversación pudiera pasar esto?


XXXII

 There was a Door to which I found no Key:
 There was a Veil past which I could not see:
   Some little Talk awhile of ME and THEE
 There seemed--and then no more of THEE and ME.


XXXII

Había una Puerta de la que no encontraba Llave,
había un Velo a través del cual no podía mirar
y parece que TÚ y YO tuvimos – una pequeña Conversación
y luego, no hubo más YO y TÚ.

8 de noviembre de 2014

La aventura de estar vivo

Hoy cumplo 29 años y quiero agradecer a todos los que comparten conmigo esta vida. Gracias por su presencia, su amor, su alegría, sus enseñanzas. Gracias por estar conmigo en mi viaje y por permitirme ser parte de sus viajes. Quiero celebrar esta vida indeciblemente bonita que tenemos con un poema.

Cumplir años es esto:
que la estrella de la mañana
nos de en la frente
un beso
que resplandezca ante todos
todo el día.

Un beso que se quede con nosotros
hasta que nos quedamos dormidos
igual
que el día en que nacimos.

19 de octubre de 2014

Nuevas voces de una gran época

Toda gran época tiene su final y después de algunas de esas grandes épocas (en realidad, al finalizar muchas de ellas), queda un libro. Este año ha aparecido uno de esos libros que surgió de un tiempo de oro. Me refiero a Sextante, una antología de la última promoción de la Escuela de Jóvenes Talentos en Letras de la Universidad José Matías Delgado.

La compilación reúne los trabajos de seis jóvenes, y de entre ellos quisiera destacar la novela Memorias del silencio, de Marielos Monterrosa, y la colección de cuentos La última cena, de Ana María Rivas.

Memorias del silencio cuenta la historia de una madre y una hija que intentan salvar la distancia que queda entre ellas después de la muerte del padre. La novela transcurre casi totalmente en los pensamientos de ambas mujeres, quienes, partiendo de sus recuerdos, recorren su vida para encontrar, entre muchas otras cosas, el por qué de la relación que tienen, de lo alejadas que están ya sin el esposo y padre que constantemente las unía y trataba de conciliarlas. Así, ambas mujeres caminan por el laberinto de sus mentes tomadas del hilo de sus recuerdos, y llegan a darse cuenta de que, probablemente, lo único que tienen en común ahora es eso: sus recuerdos.

Los cuentos de La última cena, por su parte, nos presentan historias diversas que tienen en común el abandono. El fantasma de una niña que busca a alguien que la ayude a encontrar el cielo; un muerto bellísimo dejado en medio de una ciudad maldita; una madre y una hija que no volverán a salir de su casa porque saben que afuera ya no hay nadie, ni siquiera Dios, son algunos de los personajes que se encuentran entre la espesa niebla de la soledad  en esta serie de relatos.

Mi Sextante, ya algo arrastrado de cargarlo de un lado para otro.

El nombre de la Escuela de Talentos en Letras aún es famoso en el país y su concepto era  único: formar a alumnos del sistema público de todo el territorio como futuros escritores, docentes de literatura o comunicadores. Con este propósito, el programa funcionó durante siete años. Y luego, desde el 2012, cambió su enfoque solamente a futuros comunicadores. Esta compilación de textos es el producto de los últimos muchachos que trabajaron con el enfoque anterior. 

Y decir muchachos no es exagerar, ya que estos textos fueron escritos por autores de entre 15 y 19 años. En el país tenemos numerosas muestras de buena literatura joven, y los textos de Sextante pueden contarse entre ellas en el panorama siempre sorprendente de la nueva producción literaria.

El libro es gratuito y puede ser adquirido en la Universidad José Matías Delgado, en la oficina de las Academias Sabatinas Experimentales en Ciencia y Tecnología: Campus 1, edificio 2, segunda planta, con la licenciada Claudia Meyer, de martes a viernes en horas hábiles. Mayor información al 2278 1011, extensión 228, o al correo electrónico crmeyer@ujmd.edu.sv

6 de septiembre de 2014

Carta de amor en una parada de buses

Pasó hoy en la mañana. Iba para la Matías. Me bajé de la 201 e iba caminando para la pasarela cuando vi, en el muro que hay antes del predio que está antes de la pasarela, una flor en una macetita. Me le quedé viendo, porque era tan bonita y tan rara, que al principio creí que era artificial. Pero no, era una flor flor, que estaba en un vaso de yogur y puesta en papel higiénico mojado en vez de tierra.


En las hojas, tenía algo escrito con lapicero.


En la hoja izquierda:


Te amo   no lo olvides
(Y aquí los nombres de los involucrados --tal y tal--, que no voy a reproducir por su privacidad)

Y en la derecha:


Solo para Ti

Una de dos, me dije: o se la han dejado a alguien que tendría que pasar por aquí pronto; o ya la dieron y su destinatario la olvidó (lo que muy parecía bastante improbable) o... está aquí porque la rechazaron, lo que nos hablaba de una historia que...
La flor era bellísima; todos los que la vimos estábamos encantados. Y cuando leían las hojas, y cuando les decía que la había hallado en la parada, se disparaba el asombro.
Al final del día, Cristina Ramírez terminó de armar el rompecabezas posible: el papel en el que estaba era del mismo que se usa en la Matías. O sea que, temprano, en medio o a un lado de nosotros, podría haber pasado o había pasado algo que... (Me encantan estas tramas del universo, que se desvanecen entre tantos otros hilos).
Por mi parte, mi intención era tomarle una foto y dársela a alguien que la cuidara. Ese fue el pensamiento que se me vino: "Alguien que vaya a cuidarla". Cuando Cristina terminó de hacer la posible historia, se la ofrecí. Me dijo: ¿Pero y si se me muere? Me sentiría mal por lo que representa. Le contesté: Si termina muriéndose, eso es lo que iba a pasarle. Pero justo por lo que representa, creo que tiene que tener a alguien que la cuide. El mensaje es ese: que estas son las cosas que tenemos que cuidar.
Cristina nos dio ride a Karla Ramírez y a mí a la Gran Vía. En el carro, puso la flor en una gavetita que estaba a la par de la gaveta del pasajero. Me sentí bien al verla en la gavetita: era justo como si la hubieran diseñado para llevar una flor encontrada en un vaso de yogur.
No sé cómo se llame. Yo le puse Flor Bonita. Alguien me dijo: "Es una señal que la hallás encontrado", y estoy de acuerdo. La hallé y la llevé y procuré que la vieran todos los que pudieran. Sentía que muchos tenían que verla. Y Cristina se la llevó para cuidarla. Y de veras que no sabemos qué historia hay detrás de ella, pero para nosotros estar con ella hoy fue una sutil, viva y misteriosa historia de amor.


---
Gracias a Maite Matamoros por las fotos. Y, por supuesto, a la flor por estar allí.

30 de julio de 2014

Una vez más: para qué escribimos

You are attempting to leave a lasting impression on the people.

Del Online Writing Lab de la Universidad de Purdue, sección de ensayos expositivos.

29 de junio de 2014

Lugar sin tiempo en una batalla

En una serie de poemas que me está viniendo ahora, hay dos que incluyen una pelea con espadas. No me preocupa mucho cómo terminar esas escenas, porque, con los días, los poemas se han ido armando solos: los motivos para combatir, los diálogos y el resultado de cada pelease se han ido completando sin que yo tenga que ocuparme de ellos. Realmente, han venido. Y también sé que mi imaginación no me está jugando una pasada para divertirse: las dos batallas sí tienen, hasta el momento, razones para estar en el libro. Sí tienen que pasar. O sea que yo con ellas me siento a gusto.
Pero ahora que esas escenas me andan dando vueltas, reparo en otra parte de una batalla que no siempre se trata en las películas, las series o los libros: ¿qué se hace en medio de una batalla en un momento en que uno no puede hacer nada? Suena paradójico, precisamente porque una batalla es una situación acelerada, continua y de vida o muerte. Pero no es contradictorio. Sí hay espacios "vacíos". Tengo grabada, desde que la vi hace quince años, la batalla de los jedi contra Darth Maul en Star Wars IV:



En apariencia, a Qui-Gon Jinn no le sirvió de mucho esperar en medio de la pelea, pero que lo mataran fue incidental. Lo mataron en otro momento, el momento en el que estaba peleando y era posible que lo mataran o que el matara. Pero cuando la puerta se cierra y la pelea se suspende un rato, él puede impacientarse o esperar. Espera. Esto conecta con el fragmento de Cortázar del que estamos hablando: "En momentos en que hay que adoptar una decisión de adulto, muchas veces yo me refugio en un estado de espera, realmente infantil, como si la solución fuera a venir de otro lado". Esas no son palabras de escritor, sino que de samurai:

En que momentos en que hay tomar una decisión de adulto
yo me refugio
en un estado de espera
realmente infantil
como si la solución
fuera a venir de otro lado.

No me inquieta que las imágenes de esos poemas sean batallas, ni que en más de alguna, hasta el momento, yo sea el protagonista. Lo curioso es la posibilidad: esperar en mitad de una batalla. (¡!). ¿Significa la muerte, no el momento posterior, sino el propio momento de la espera? Y aun más que eso, mi verdadera pregunta es: ¿qué hay dentro de esa espera? Eso sí que me da pánico; nunca, hasta ahorita que estoy escribiendo esto, me había imaginado una escena parecida.
Bueno, suficiente dosis de conjetura por hoy. Tengo lo que me dicen los poemas, el recuerdo de esos minutos de Star Wars y el recordatorio de Cortázar.

Veamos qué escena, qué sueño, qué cosa de la vida se arma con todo eso.

27 de abril de 2014

El secreto es que no hay secreto

Una tarde de domingo hace unos siete u ocho años, íbamos caminando de vuelta para La Casa del Escritor Rafa y tres santanecos, yo incluido. Habíamos hecho la excursión para ir por Coca y pan dulce a la tienda de enfrente de la iglesia. Íbamos hablando sobre los trucos de los grandes escritores: cómo le hacían los grandotes grandotes para escribir esas cosas monstruosas y maravillosas que habían hecho. En eso Rafa dijo, ¿Quieren que les diga cuál es el gran secreto para escribir? Y por supuesto que quisimos. Y él dijo, El secreto es que no hay secreto.
Hace un rato estaba viendo Kung Fu Panda y me acordé de eso. Tai Lung abre el Rollo del Dragón esperando leer la inscripción que lo va a volver súper poderoso y se queda extrañadísimo de que no haya nada: está en blanco. Piensa que debe haber algún error. Y entonces Po le dice, Yo tampoco lo entendí a la primera, pero ese es el secreto, que solo eres tú.
Durante mucho, mucho tiempo busqué, incluso después de haber oído la frase de Rafa y de haber visto Kung Fu Panda, el secreto para hacer gran literatura. Y la cosa era tan fácil como eso: no hay nada escondido, no hay nada que hallar. Ninguno de los grandes tuvo, ni podía tener, una clave que yo tuviera que saber para hacer algo grande. Ninguno me podía dar esa clave, simplemente porque no la tenía. He disfrutado sus libros. Con ellos me he emocionado a mares. Con ellos, he recordado cosas muy importantes y muy sublimes; muy sagradas y de lo más mundanas; muy serias, muy técnicas y muy para matarse de la risa, si es que todas esas cosas no son en realidad lo mismo. La he pasado bien, increíble. Pero ninguno podía darme lo que andaba buscando. Lo digo con una sonrisa y con un libro mío entre las manos, un libro en cuyos poemas creo que he encontrado, después de haber olvidado por completo a todos esos admirados y queridos maestros, lo que tanto andaba buscando.
Y me doy cuenta de algo más cómico todavía: que nunca tuve la necesidad real de buscarlo. Sí necesitaba, si sentí en algún momento de mi vida la necesidad de aprender a escribir, pero la necesidad de hacer "algo grande"... eso fue invento mío, invento de esa parte de mí que juega a ser yo pero que no es yo, por nombrarla de algún modo, pero invento a fin de cuentas. Sé escribir, porque me sale y porque lo he aprendido, pero no necesito saber cómo escribir "algo grande". Así de sencillo: no necesito "saber" cómo hacerlo. Saber lo primero es un placer; y saber lo segundo, un gran, enorme, alivio. Un alivio tan grande como recordar esta otra cosa: que escribir solo sucede, como que me dé hambre, sed o sueño; como reírme o como llorar.
Sin duda, a veces me pasan las de Tai Lung; me pasan en la literatura y en un montón de cosas más. Uno puede ser cabeza dura.
Aquella tarde en íbamos por Coca y pan dulce, Rafa nos enseñó algo que no se puede, por suerte, entender con la cabeza. Rafa: te estoy muy agradecido por hablarme de muchas cosas que solo se pueden entender escribiendo, y también, y estas creo que son la mayoría, olvidándome del todo de escribir.

30 de marzo de 2014

You can go to sleep, dear Mario

Hace unos meses me hallé a Jeff Foster, un inglés de lo más al suave. Me encantaron sus videos, sus poemas, sus artículos y sus conferencias. Hace un rato bajé uno de sus libros, y pongo esta frase:

"La liberación es absolutamente simple y evidente. La búsqueda ya ha concluido y lo que siempre estuvimos buscando no es más que esta apariencia presente. Esto, aquí y ahora. No hay nada más. Nunca hubo nada más".

Yo insisto en que haya algo más, pero sigo frustrándome, desesperándome, al no hallarlo. Estoy cansadísimo, exhausto, de andar buscando de todo: amor, fama, éxito, control, certeza, salud, satisfacción, felicidad... y de no llegar a nada más, a cada vez más, que una sola cosa: cansancio. Así que, si lo que yo escribo en mis poemas es posible para otros; si otros pueden imaginar y sentir a partir de lo que yo escribo; emocionarse, alegrarse y sufrir con mis textos; si a esos cuentos mis amigos les conceden verosimilitud, la posibilidad de ser reales por un instante en sus mentes, pues así también yo me concedo la posibilidad, me doy permiso de probar, que lo que dice Jeff sea cierto. "La búsqueda ya ha terminado". Chivo: "The show is over, dear Mario. Podés irte a dormir", me digo.

Me resisto a que las cosas sean como son, a que la mayoría de las cosas sean como son, pero ya me cansé de estar haciendo eso.

Mi poemario empieza diciendo:

Es aquí
bajo el arco de flores
donde nunca nos encontraremos...

¿Mi vida real o ficción? ¿Ficción o mi vida real? Ni yo sé ya la diferencia, ni me interesa mucho saberla. ¿Y si de veras no nos hallamos? ¿Y si las cosas, un montón de cosas, no pueden ser? Pues no puedo y ya. Punto. Yo lo que sé es que tengo sueño, un sueño de aaaños. Y nadie puede dormir por estos ojos sino yo.

You can go to sleep, dear Mario. Podés soltar el Facebook de tu cabeza.

¡Gracias, Jeff Foster, por la obviedad! La dolorosa (porque de que no me gusta, no me gusta, pero quiero probar si es cierta), y bellísima, y magnífica, y chistosa obviedad.

2 de febrero de 2014

Gracias por tantas palabras bonitas

Me había propuesto no escribir mis posts en la computadora, por lo menos no la primera versión, sino en mi cuaderno, pero no he podido. Después de almorzar agarré el diario y leí la columna de Jacinta Escudos, y eso me hizo que tuviera que venir a escribir.
Jacinta habla sobre cómo, antes de salir de Alemania hace poco, se soltó a llorar provocada por las canciones que habían puesto en el avión. Yo iba leyendo su narración y, de repente, mientras leía, sentí que el tiempo se iba haciendo lento. “Afuera comenzó a clarear.”, dice Jacinta, “Admiré recordar cada palabra de esa canción que pertenece a mi infancia” (creo que cuando leí cada palabra es que el tiempo se me empezó a detener). “La letra es preciosa. Es una alabanza a la vida. Habla del primer pájaro de la creación, el primer rocío, la primera hierba, del ciclo de la vida que se renueva a diario”. Y unas líneas más adelante, cuando ella está luchando por no llorar en pleno avión, escribe: pero la lágrima “estaba allí, sentada en el rabillo del ojo, esperando el momento adecuado para saltar”. Yo pude ver eso, verlo con una viveza tal, con esa sensación de estar allí y de que eso es lo único que está sucediendo en el mundo en ese momento… Eso era literatura.
La columna entera estuvo llena de esa sensación: de una pasión profunda por lo que se ha vivido y de esa emoción de estar ante algo grande, sagrado; algo ante lo que uno se postraría en una reverencia y se quedaría así horas enteras entregado a eso. Y es que los días de esta semana han tenido para mí varios momentos de esa sensación. Y lo que me asombra no es que sucedan, sino que, día con día, siguen sucediéndome y no dejan de llegar.
El martes mi mamá leyó una reseña que escribí sobre Tufo, el nuevo poemario de Vladimir Amaya, y cuando me habló después de leerla me dijo Eso está bieeen bonito, y venía a la vez asombrada y en paz. Después de que me lo dijo, yo lo fui a leer y me di cuenta de que sí: de que me gustaba muchísimo. Yo había querido escribir algo muy bonito para ese libro (que, antes de verlo impreso, había oído completo una tarde del 2012 en los jardines de la UES) y lo había hecho. Había escrito cosas que me quería decir a mí mismo (cuando tengo esa sensación por algo que he escrito, es mi señal de que he hecho algo valioso), y sí, allí estaban esas cosas. Había sido capaz de hacerlo y ahora lo estaba disfrutando.
El jueves había corregido algunos poemas de Uno dice. En la tarde me había sentido muy mal, como que muchas cosas en la vida no me estaban funcionando, y con ese sentimiento de “quisiera cerrar los ojos y que este día se terminara ya y que mañana fuera otra cosa muy distinta y mejor”, tomé la 101 de Las cascadas a Metrocentro, y saqué el libro para hacer algo que ya tenía un montón de no hacer: leer en el bus.
Me fui a la sección del libro que para mí tiene los poemas más oscuros y empecé a leer. Y de repente me di cuenta de que, aunque en ellos había dicho lo que quería decir, las cosas, en la vida real, no tenían por qué ser tan angustiosas, tan desesperanzadoras, y empecé a corregir no para cambiar lo que había dicho, sino porque le estaba encontrando un sentido nuevo a mis palabras.
En un poema, unas estatuas de mí llamaban a puertas cerradas. Me di cuenta de que el poema ya tenía bastante de la sensación de encierro, y las estatuas terminaron cruzando las puertas. En otro, yo buscaba mi nombre y al cerrar los ojos veía mi cara, pero, de nuevo, lo siguiente del poema ya era lo bastante tétrico como para conservar esa imagen, y lo que se me vino fue “Cuando cierro los ojos oigo mi nombre” y era cierto. Yo percibo mucho el mundo  a través de los sonidos: los pájaros en el patio, la estática de insectos cuando la tele no está encendida y la casa está callada, las teclas de la computadora y, a veces, si estoy lo bastante atento, el sonido de mi propia respiración. Es algo que me ha ido pasando con el tiempo, y me gusta, me satisface mucho escuchar. Y cuando ese verso llegó, dije: “Sí, es cierto. Es que las cosas que oigo, la voz de la gente cuando me habla y las palabras que ellos me dicen, eso, en ese momento, es mi nombre”.
Y así con otros poemas. Al final del día el libro ya estaba todo manchado, y yo muy feliz por las cosas nuevas que me había dicho a mí mismo a través de él.
Y el viernes me tomé un café con Mónica Echeverría, una amiga con quien estudié Letras. El día anterior me había llamado y me había dicho que quería hablar conmigo del libro, y yo la oí tan emocionada que le dije Chivo, veámonos mañana en la tarde. Cuando nos encontramos, me dijo que lo había leído esta semana, que ya lo había leído tres veces, que me quería leer poemas de él, que me quería hablar montones de cosas de lo que había sentido con el libro. Entre los que me leyó, estuvo “Carta de marzo”. Ese es el poema que yo quería escribir cuando empecé a escribir a los 15 años. Y lo busqué y lo busqué hasta que cuatro años después di con él. Y ahora que está en el libro, cuando ella me lo leyó, volví al recuerdo de la tarde en que me despedí de la niña a quien se lo escribí.

Me queda tu alegría de luz volando crines
en jardines de tarde que han cerrado sus puertas.

Mientras Mónica me leía, vi esa tarde sábado. Nos gustaba correr e hicimos una última carrera por todo el parque. “Alegría”, “volando”, “jardines”, "luz". Allí estaba yo, un muchacho que corría con todo lo que podía porque sí. Eso es volar. Y con mis versos, leídos por Mónica, estuve allí otra vez.
Y después, en la noche, ensayé con mi banda. Toco el cajón peruano, y desde noviembre estoy tocando con ellos. Nos llamamos Avenida Independencia. Les dije de la loquera que había dicho Mónica, que ya había leído tres veces el libro, pero ellos se miraron entre sí y me dijeron: Pero si eso es lo que yo he estado haciendo; yo ya casi lo leí dos veces. Yo voy por la una y media, dijo otro. Y yo todos los días le estado leyendo poemas sueltos, agregó un tercero. Yo no podía entender eso. Para mí muchas de las cosas que escribí allí son traumáticas. Muchas imágenes y poemas yo los veía como exorcismos hechos y derechos. Pero ellos, igual que Mónica, igual que otras personas las semanas pasadas, me decían que los disfrutaban, que los emocionaban, que sentían que les decían tanto que una sola lectura no era suficiente.
Eso pasó y ensayamos, y entre las canciones de ese día estaba una nueva de Deledda Funes que todavía nos estábamos aprendiendo. Cuando llegamos a esa, me emocioné. Desde la primera vez que la oí (hace un par de semanas, Deledda sacó la letra, dijo Yo tengo una nueva y, como quien no quiere, empezó a cantar algo que me electrizó), no había dejado de cantarla. Caminaba por mi casa y la cantaba, lavaba mi ropa y estaba cantándola, me acordaba del arreglo del teclado y empezaba a darle otra vez con el coro. "La oscuridad de la noche/ te trae y te lleva", dice. Sí: las cosas no son fijas, sino que cambian, y uno sólo está allí, en medio de eso, y puede luchar por cambiar cosas que no se pueden cambiar (o sea: darse y darse contra la pared) o dejar que "la oscuridad de la noche" lo traiga y lo lleve y confiar en que así pasan las cosas, en que así es el juego. Eso me dice, eso siento con esa canción. 
El viernes, varios nos pusimos a corearla, le hicieron una versión para tres guitarras, y yo tocaba y tocaba y sentía que los golpes al cajón venían solos, que era la canción la que me hacía darlos y no yo el que decidía mover las manos. Entonces entendí lo que Mónica y la banda me habían dicho del libro. Mis poemas eran como una canción que se pega, sí: de esas que uno la oye y pasa prendido de ella toda la semana, todo el mes, todos los meses de esas fiebres musicales que le agarran a uno. Y me sentí agradecido, tanto por la música de ellos que a mí me tocaba y me alimentaba y me alegraba, y me hacía que toda la semana hasta el siguiente ensayo pasara cantándola, como por la emoción que les causaban mis poemas. Todos habíamos hecho con palabras algo bonito para los otros, y eso es algo que da una gran emoción (algo que se siente físicamente) y agradecí sentir eso y poder haber hecho algo que a otros les causara lo mismo que a mí. 
La columna de Jacinta, las canciones de Deledda y de los demás amigos de la banda, las reacciones de las personas a mis poemas, lo que mis textos y mis poemas me han dicho al volver a leerlos y las palabras de tantas personas: todas han sido cosas tan bonitas, tan que dan ganas de alabar a la vida, tan todo, tan de eso que no se puede decir porque es tan todo. No sé si con este texto transmito algo de la emoción que he sentido. No lo sé, de veras que no. Pero lo que he estado viviendo y leyendo y oyendo me lanzó a escribir, y quisiera decir eso: me he emocionado, me he sentido emocionado de estar vivo. Y, como dice César Fagoaga para terminar su columna de hoy, que mi hermana, en un rito que empezó el año pasado, nos leyó a mi mamá y a mí en el desayuno, Gracias por leer.

Astronautas y novísimos

Salvo el ambiente del Quijote , del Fausto Criollo y hasta de tu próximo libro (si eres autor), nada conozco que sea digno de una inmortali...