3 de febrero de 2013

Contar las emociones

Hoy estaba leyendo Los hermanos Karamazov y llegué a este pasaje:

Aquí debo apuntar que de esta entrevista del ermitaño con quienes habían acudido a él justo el último día de su vida, se conserva una parte escrita. … El relato se desenvuelve ininterrumpidamente, como si el ermitaño hubiera narrado su vida en forma de novela, dirigiéndose a sus amigos. Sin duda ocurrió así, porque, como se desprende del propio relato, la cosa transcurrió de manera algo distinta; aquella tarde la conversación fue general, y aunque los huéspedes interrumpieron poco al ermitaño, también hablaron, intervinieron en la conversación, quizá contaron y narraron algo de su propia vida.

Esa última línea, la escena que vi, “los huéspedes también hablaron, intervinieron en la conversación, quizá contaron y narraron algo de su propia vida”, me detuvo. Yo estaba sentado en un sofá enfrente del patio, eran como las cuatro y media de la tarde, había viento, cielo despejado y sol oblicuo de verano. En la sala, mi hermano o mi hermana había puesto una canción con sintetizador y violín, o sintetizador que sonaba a violín. Mientras leí el párrafo de ese pasaje la canción estuvo puesta. No me acuerdo cuándo se terminó, pero cuando terminé el capítulo, vi el naranjo del patio, que se movía con el viento, y el sol y el cielo, y después sonaron las campanas de la iglesia, y después unas palomas. Sí, fue uno de esos momentos en los que uno se hace sensible a los sonidos que ordinariamente olvida. Pero lo que me impactó es la emoción que me había producido esa línea. Sentía esa emoción y, cuando vi el naranjo, busqué ponerle nombre y no pude, y entonces me olvidé del nombre, sólo me quedé sintiendo algo que ahorita me doy cuenta que no sé cómo se llama, pero que ya he sentido otras veces antes, varias con el arte. Y más que contar la historia de esa emoción o tratar de hallarle nombre (me ha sucedido, y eso es lo que importa) quisiera escribir un poco sobre lo difícil, lo dificilísimo que, de momento, me parece hablar de una emoción. Había querido escribir este post antes, tomando otros pasajes, hablando de otras cosas, pero había visto que mis pensamientos eran muy fragmentarios para tratar de una sola cosa por mucho tiempo. Ahora acepto esa fragmentación, y dejo apuntadas tres notas sobre contar las emociones.

1. Borges o quien sea
Uno de los ensayos de Otras inquisiciones empieza así:

Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir, del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Indagar las razones de esa emoción es el fin de esta nota.

No recuerdo si en algún otro ensayo Borges escribe “Contar la historia de esa emoción es el fin de esta nota”, pero esa cadena de cosas, la historia de una emoción, ya lleva días dándome vueltas. Contar la historia de una emoción no me parece imposible, lo que me parece notable de eso, y hasta más importante que contarla, es la pregunta: ¿puede uno seguir la historia de emoción en uno mismo? ¿Puede uno estar tan pendiente que logre ver esa cadena de hechos, y esa cadena de emociones “pequeñas”, que tiene que suceder para desembocar en una “emoción grande”, por llamarla de alguna manera? No sé responder a esas preguntas, y dudo que la respuesta sean palabras, sólo me las hago y trato de seguir todo lo que pueda esa emoción que me acaba de pasar con Los hermanos Karamazov.

2. Opio en las nubes
En el 2010 estaba en el aeropuerto de Bogotá esperando mi vuelo (era una conexión a Medellín para después otra a San José para después casa) y estaba leyendo Opio en las nubes, una novela, por llamar de algún modo a uno de esos libros de género indeterminable, de Rafael Chaparro Madiedo. Me lo había regalado el editor y creo que lo empecé en esa sala de espera. El primer capítulo estaba divertidísimo, así que el libro prometía. Llegué al segundo: “Una ambulancia con whisky”. Ahí el protagonista es el novio de la muchacha del primer capítulo y está muerto y cuenta cómo se murió. Y es literatura pura: no me interesaba tanto que eso hubiera pasado, sino que lo que me agarró y no me soltó durante todo su relato fue cómo lo contaba. Más que un relato, para mí era un poema inmenso. Comienza:

Me llamo Sven y morí ayer o tal vez la semana pasada. Realmente no sé qué sucedió. No sé si fue una inyección de veneno en las venas o si me estallaron una botella de whisky en la cabeza. No sé. No sé. O si me abalearon en la puerta del Bar Anaconda. O tal vez en el Bar Los Moluscos. Lo único que recuerdo son las luces de un bar, el baño lleno de vómito y una canción, With or Without You, en el fondo del recinto, en el fondo de las luces, en la lluvia, un letrero en el espejo que decía entonces le diré que nunca más me pondré esta ropa, un teléfono, una ambulancia, una puerta blanca y de nuevo alguien que decía de nuevo oye tranquilo yo puedo vivir sin ti, tranquilo with or without you, doce de la noche mierda, se nos muere, mucha heroína, mucho alcohol, mucha tristeza, mierda, quédese tranquilo, relájese, piense en un cielo azul, en una ciudad con edificios blancos, sueñe con un potrero lleno de naranjas, con una mañana con una lluvia de aves negras, piense lo que se le dé la gana, mierda se nos va, tranquilo with or without you.

Esa semana en Bogotá había sido de muchos edificios grandes y desvelos y gente nueva y pasarla bien, muy muy bien. Y ese año había sido de mucho salir con amigos y mucho San Salvador y algo de bares y tragos y otro poco de desvelos y otro poquito más de no dormir toda la noche. Así que, en cosa de recuerdos, tenía fresco mucho del ambiente del capítulo. Como digo, ese capítulo me agarró y no me soltaba, y cuando llegué a la parte donde él se moría (en el camino al hospital se había enamorado de la enfermera), me solté a llorar, no, a lo que se dice sin pudor chillar, sin detenerme, sin que me importara que me estaba viendo la gente de la sala de espera, con lamentos en voz alta y a moco tendido (ni siquiera los mocos me limpiaba); así, así, a llorar con todo. Cuando me pasó y ya me soné, porque en algún lugar había que poner eso después del espectáculo, me quedé calmado, con esa sensación de calma de cuando uno llora algo que necesita, que le urge llorar, y me di cuenta de que en la sala la mayoría de gente que estaba esperando eran estadounidenses o negros. Mi sorpresa: estaba en la sala del avión que iba para no sé qué isla turística del Caribe. Guardé el libro, me levanté y atravesé corriendo todo el aeropuerto. Alcancé a llegar a la cola cuando la gente ya se estaba subiendo al avión.
Esta es la historia de un momento de una emoción que tuve, una de las que más recuerdo del tiempo reciente. Ese momento lo puedo contar porque tiene algo físico. Hasta puedo decir que en esa salita de espera tuve una catarsis. Pero, cuando no hay señales tan visibles como, en este caso, las lágrimas, los gritos y los mocos, entonces, ¿cómo se cuenta la emoción? Sé que se puede, algún cómo ha de haber, es sólo que, en este momento, yo no lo conozco. Conservo la pregunta hasta que halle uno de esos cómos.
(Posdata de este recuerdo: en la aduana de Medellín vieron el título del libro y me llamaron para registrar mi maleta; en El Salvador, me dijeron que se quedaba en revisión, y me llegó a la casa hasta un par de días después).

3. Un pensamiento que vuelve a suceder
Han pasado tres horas desde que leí el pasaje. Interrumpí el post y cené, y en ese transcurso me ha vuelto un pensamiento que tuve cuando me emocioné y que después se me había olvidado. Cuando leí el pasaje, “los huéspedes también hablaron, intervinieron en la conversación, quizá contaron y narraron algo de su propia vida”, lo que me pasó por la mente fue: el ermitaño Zósima se está muriendo y, la última noche que podría estar vivo, les cuenta su vida a sus amigos, y ellos, entre la narración de él, cuentan cosas sobre sus propias vidas: una vida hecha de vidas, un gran blog donde varios escritores ponen algo de su parte, y tejen algo bonito, en el último post del dueño.
Zósima es un personaje grandote. A mí, desde que empieza a aparecer en la novela, me tiene dando gritos de asombro. ¡El tipo es una maravilla completa! Y ahora que se va a morir, en esa última plática, se ponen a armar una vida entre todos. Todavía no leo la vida de él, que es el capítulo siguiente, pero la idea de que los invitados fueran a hacer eso, aunque en la novela no vaya a pasar, me detuvo. Estas son más o menos las palabras del pensamiento que tuve con la emoción.


Hablar sobre las emociones no es sentirlas, de eso estoy claro, igual que tampoco lo es pensar en ellas. Ahora, de vez en cuando me recuerdo con palabras cosas sobre las emociones (“El arte es un medio emocional de autoconocimiento” es una de las frases que más me vienen) y creo que me ayuda, a eso: a recordar.
Mi mente entiende de las tres dimensiones, del tiempo y de cosas por el estilo. Todo lo demás admito que no lo entiendo. Y cada vez dudo más de que todo lo demás sea para entenderlo, para procesarlo con la cabeza. Ya me pasé un buen rato de años intentando una cosa así y ya me va pareciendo que no funciona. “Uno ama con las vísceras, no con la inteligencia”, para decirlo con palabras de los Karamazov.

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