27 de diciembre de 2011

El último poema que oí en La Casa del Escritor

Desde hace un par de meses quería escribir este post, pero, o no me tomaba el tiempo, o andaba en un millón de cosas (bueno, viéndolas bien, creo que ambas cosas son los mismo). Pero hoy en la tarde he releído “Las puertas del cielo” y la emoción que me produjo, y las circunstancias y los lugares en los que lo leí (Cortázar es de esa gente a la que, casi intencionalmente, leo entre buses y mandados), me han animado a escribirlo.
Esto pasó también el 3 de enero de 2010, el día de la última sesión de La Casa, de la que conté algo en julio, en este post.
Como dije entonces, ese día hubo casa llena: estuvo casi todo el taller de poesía. Entre los que ya tenían ratos de no llegar, estuvo Ana Escoto, que por esos días había venido de México; llegó Alberto Quiñónez, que tal vez tenía dos años de no aparecerse; llegaron Tere, Sandra y Herberth, que eran asiduos de La Casa, pero que en noviembre habían estado en una residencia para artistas en Nicaragua, y a quienes había que oír, a quienes por ningún motivo se podía dejar de oír, contar de la manera que sólo ellos saben contar las cosas todas las bayuncadas de su viaje. Y también entre la gente que sólo cada tantos meses llegaba, llegó Claudia Herrera.
Claudia es de Santa Ana, los meses anteriores había pasado por una mala racha de cosas y de trabajos, había llegado varias veces a mi casa para digitar los pedazos de un poema largo que iba escribiendo en hojitas que se guardaba en la bolsa del pantalón (y que si no lo hubiera ido guardando por pedazos como lo hizo lo más seguro es que se le hubiera perdido); entre digitada y digitada, habíamos ido trabajando el poema y ese día lo llevaba ya completo y listo para leer.
Rafa había estado crítico desde septiembre del 2009 y, después de que casi se había muerto, el ambiente del taller era el del inicio de un ciclo bien distinto a los anteriores: la mayoría de los compañeros ya había terminado sus poemarios, no nos reuníamos desde hacía varios meses y, lo más importante, ese día estábamos ahí no tanto por la literatura, sino por Rafa: porque estaba vivo, porque había llegado vivo a ese año. Y aun con todo eso, el rito del taller fue el de siempre: tomar cocacola, comer pan dulce y chucherías, platicar de lo que fuera, oír las novedades (que en ese caso fueron la narración matada de la risa del viaje de Tere, Sandra y Herberth y mi anuncio de que Índole Editores quería publicar una antología del taller) y, ya después de habernos divertido un buen rato, la pregunta de Rafa: ¿Alguien trajo textos? Y sólo estaba Claudia, que llevaba uno de esos que, si uno no los escribe, se trauma, se vuelve loco o se muere. (Estaba también una muchacha nueva, pero, como nuestra tradición lo señalaba, primero leía un viejo para que el nuevo viera de qué iba la cosa y después leía el nuevo).
Claudia empezó a leer, y fue de esas lecturas llenas de silencio en el fondo, tanto porque el poema era largo como porque era algo salido de onda. Varios tenían años de no verla, y creo que más de alguien no la conocía, y entonces era aquella cosa de oír a alguien que ya no se recuerda cómo escribe, o a quien nunca se ha oído, mientras se avienta un poema, uno bueno, de tres páginas.
Cuando terminó, Rafa dijo: Ese también va para la antología.
Después vino la parte de los comentarios al poema. Ahí ya no me acuerdo si Rafa habló primero. De lo que me acuerdo es de la etapa a la que habían llegado las sesiones del taller: ya no era aquella cosa en la que el director hablaba primero y daba una gran lección sobre algo de literatura, sino que se había vuelto algo mucho más horizontal (el propio Rafa había hecho esa observación antes de que lo internaran por primera vez): un grupo de gente que hablaba de cosas bien interesantes y novedosas sobre poesía, porque, por su propia experiencia como lectores y como escritores, ya tenían parámetros bastante altos de lo que podía ser  efectivo o novedoso. Entonces, como la mayoría de la gente del taller ya andaba en esa onda, armaron su propia plática y su propio debate sobre el poema. Claudia los oía. Yo me levanté y me fui para donde Rafa, que se había parado y estaba oyendo desde la puerta.
Rafa había visto la evolución del estilo de Claudia. Ella llegó queriendo ser poeta maldita, con Baudelaire como maestro. Era una excepción total entre nosotros: todos teníamos maestros modernos (Huidobro, Eliot, García Lorca, Vallejo, Pizarnik, Plath) o maestros algo más antiguos (como Emily Dickinson) pero procesados de manera moderna. Claudia no. Ella usaba lenguaje del siglo XIX, en especial los adjetivos: era imposible no sentir a los poetas románticos (y, desde cierto punto de vista, los malditos bien podrían tomarse como gente de transición entre los románticos y los modernos), en sus poemas.
Parado ahí con Rafa, le conté un poco del proceso del poema, y le dije que me parecía que Claudia había evolucionado a Baudelaire. Él se sorprendió y me dijo que no lo había visto así, pero que también le parecía. Esa tarde Claudia fue la aprendiz que llegó y se le plantó enfrente de su maestro con algo bien serio, ni más ni menos que el estilo del maestro ya bien asimilado y afilado, entre las manos. 
Así que ahí estaba el poema: acabado de terminar (lo habíamos revisado por última vez unas dos semanas antes) y ya con su puesto en la antología.
Después leyó la muchacha nueva, pero los santanecos nos tuvimos que venir porque se hacía tarde. Claudia salió contentísima por saber que su texto iba a ser publicado, pero, en los recuerdos que tengo de ella, mi memoria da un brinco desde ese momento en el que vamos caminando para tomar el bus hasta la noche del 27 de abril de este año, cuando la llamé, porque me había estado diciendo que le avisara de cualquier cosa, y le dije: Claudia: se murió Rafa. No sé por qué me pasa así, pero esa es la línea alocada de mis recuerdos.
Pero no me desvío, sigo con lo que iba: el poema tuvo su impacto. Días después de que presentamos la antología, alguien del taller me dijo: Mirá, leí ese poema y después escribí seis poemas seguidos. Y hace un par de meses, creo que en octubre (creo que fue entonces cuando empezó la idea de este post), Claudia me contó que lo había encontrado en internet. Fue en la revista chilena Cinosargo. Me habían invitado a publicar ahí y mandé unos poemas míos y el de ella. Y Claudia me pasó llevando: sólo publicaron el suyo (y está chivo, pues: al César lo que es del César). Lo curioso es esto: que el poema está puesto ahí desde marzo, y yo me acordaba de haberlo mandado varios meses después, en junio o julio. Pero bueno, dejando de lado las confusiones del tiempo, el poema, “Rouben”, se puede encontrar en este link. Claudia, con su gusto por lo maldito, estaba encantada hasta por la imagen que le pusieron. Yo también creo que a ese poema esa imagen le va muy bien.
Siempre ando recordando partes de los poemas de La Casa. Los versos que tengo grabados de “Rouben” son:

ser actor de tus crueles funerales
de un mundo terminado

Eso de los “crueles funerales” es lo que más me sobresalta. No dejo de preguntarme: ¿cómo es un funeral cruel? y ¿qué hace el actor de un funeral cruel? Y, después ver el mundo que Claudia se inventa en ese poema, de veras que no quisiera averiguarlo.
¿Por qué me acuerdo de esos versos? No sé. Sólo sé que esas son los gustos de mi memoria, que esos versos me pegaron y que mi mente les da Play de vez en cuando.
Para terminar con el relato, el domingo siguiente Rafa todavía llegó a la casa de Salarrué. No hubo sesión del taller de poesía, sino que había un grupo que andaba en un proyecto, no sé si algo audiovisual, y Rafa habló con ellos. Yo estaba ahí porque había llegado Carlos Clará y platicamos de la antología. Pero con todo lo que pasó después, que Rafa no estaba en condiciones de trabajar a tiempo completo, que lo despidieron de su puesto de director de La Casa y que meses después recayó y empeoró hasta ya no recuperarse, sesiones del taller ya no volvió a haber.
Vi una última sesión, sí, en la casa de Rafa. Fue en octubre, cuando Santiago Vásquez leyó su poemario. Esa lectura valía como reinicio del taller. Pero después fue que Rafa recayó, y en ese reinicio nos quedamos. Aunque igual, esa también fue una tarde buenísima: el poemario de Santiago había que oírlo, Rafa dijo de uno de sus poemas lo que jamás le había dicho a ninguno de nosotros (y que nadie me pregunte qué fue, porque tendría que contar toda una historia para que esa frase tuviera el peso y el chiste que tuvo ese día) y nos la pasamos bien, como siempre en el taller; nos reímos tanto que lloramos, y por un buen rato. Y aun así, con un día tan bueno, esa sesión ya sucedió en un tiempo distinto: ya había pasado todo lo que había pasado, y las cosas, muchas cosas, ya no eran, ya no podían ser, como en la vieja época.
Yo siento que la tarde del poema de Claudia fue el final de una época, la última puerta de un tiempo inmenso que amo y extraño, que recuerdo mucho y muy seguido, pero que, como todo (y no dejo de pensar que como todo), tenía que tener un final. “A golden age I know, but all will pass, will end so fast, you know”, dice esa canción de Placebo que tampoco dejo de repetirme.
Luego vinieron otros finales, incluido el de Rafa, que fue quien hizo que existiera esa comunidad de escritores y esa vida hecha de muchas vidas que fue La Casa.
Pero hoy, casi dos años después de esa última tarde, y después de que he releído “Las puertas del cielo” y de que ha vuelto a emocionarme, es sobre ese final que he podido escribir.

1 comentario:

  1. :) No sé porqué no había leído esto hasta ahora. ¡Qué bonito post!

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Dawn of a New Day , de Theresa Paden Abro los ojos a mí y esto soy: un caballo en el viento al alba.