2 de febrero de 2014

Gracias por tantas palabras bonitas

Me había propuesto no escribir mis posts en la computadora, por lo menos no la primera versión, sino en mi cuaderno, pero no he podido. Después de almorzar agarré el diario y leí la columna de Jacinta Escudos, y eso me hizo que tuviera que venir a escribir.
Jacinta habla sobre cómo, antes de salir de Alemania hace poco, se soltó a llorar provocada por las canciones que habían puesto en el avión. Yo iba leyendo su narración y, de repente, mientras leía, sentí que el tiempo se iba haciendo lento. “Afuera comenzó a clarear.”, dice Jacinta, “Admiré recordar cada palabra de esa canción que pertenece a mi infancia” (creo que cuando leí cada palabra es que el tiempo se me empezó a detener). “La letra es preciosa. Es una alabanza a la vida. Habla del primer pájaro de la creación, el primer rocío, la primera hierba, del ciclo de la vida que se renueva a diario”. Y unas líneas más adelante, cuando ella está luchando por no llorar en pleno avión, escribe: pero la lágrima “estaba allí, sentada en el rabillo del ojo, esperando el momento adecuado para saltar”. Yo pude ver eso, verlo con una viveza tal, con esa sensación de estar allí y de que eso es lo único que está sucediendo en el mundo en ese momento… Eso era literatura.
La columna entera estuvo llena de esa sensación: de una pasión profunda por lo que se ha vivido y de esa emoción de estar ante algo grande, sagrado; algo ante lo que uno se postraría en una reverencia y se quedaría así horas enteras entregado a eso. Y es que los días de esta semana han tenido para mí varios momentos de esa sensación. Y lo que me asombra no es que sucedan, sino que, día con día, siguen sucediéndome y no dejan de llegar.
El martes mi mamá leyó una reseña que escribí sobre Tufo, el nuevo poemario de Vladimir Amaya, y cuando me habló después de leerla me dijo Eso está bieeen bonito, y venía a la vez asombrada y en paz. Después de que me lo dijo, yo lo fui a leer y me di cuenta de que sí: de que me gustaba muchísimo. Yo había querido escribir algo muy bonito para ese libro (que, antes de verlo impreso, había oído completo una tarde del 2012 en los jardines de la UES) y lo había hecho. Había escrito cosas que me quería decir a mí mismo (cuando tengo esa sensación por algo que he escrito, es mi señal de que he hecho algo valioso), y sí, allí estaban esas cosas. Había sido capaz de hacerlo y ahora lo estaba disfrutando.
El jueves había corregido algunos poemas de Uno dice. En la tarde me había sentido muy mal, como que muchas cosas en la vida no me estaban funcionando, y con ese sentimiento de “quisiera cerrar los ojos y que este día se terminara ya y que mañana fuera otra cosa muy distinta y mejor”, tomé la 101 de Las cascadas a Metrocentro, y saqué el libro para hacer algo que ya tenía un montón de no hacer: leer en el bus.
Me fui a la sección del libro que para mí tiene los poemas más oscuros y empecé a leer. Y de repente me di cuenta de que, aunque en ellos había dicho lo que quería decir, las cosas, en la vida real, no tenían por qué ser tan angustiosas, tan desesperanzadoras, y empecé a corregir no para cambiar lo que había dicho, sino porque le estaba encontrando un sentido nuevo a mis palabras.
En un poema, unas estatuas de mí llamaban a puertas cerradas. Me di cuenta de que el poema ya tenía bastante de la sensación de encierro, y las estatuas terminaron cruzando las puertas. En otro, yo buscaba mi nombre y al cerrar los ojos veía mi cara, pero, de nuevo, lo siguiente del poema ya era lo bastante tétrico como para conservar esa imagen, y lo que se me vino fue “Cuando cierro los ojos oigo mi nombre” y era cierto. Yo percibo mucho el mundo  a través de los sonidos: los pájaros en el patio, la estática de insectos cuando la tele no está encendida y la casa está callada, las teclas de la computadora y, a veces, si estoy lo bastante atento, el sonido de mi propia respiración. Es algo que me ha ido pasando con el tiempo, y me gusta, me satisface mucho escuchar. Y cuando ese verso llegó, dije: “Sí, es cierto. Es que las cosas que oigo, la voz de la gente cuando me habla y las palabras que ellos me dicen, eso, en ese momento, es mi nombre”.
Y así con otros poemas. Al final del día el libro ya estaba todo manchado, y yo muy feliz por las cosas nuevas que me había dicho a mí mismo a través de él.
Y el viernes me tomé un café con Mónica Echeverría, una amiga con quien estudié Letras. El día anterior me había llamado y me había dicho que quería hablar conmigo del libro, y yo la oí tan emocionada que le dije Chivo, veámonos mañana en la tarde. Cuando nos encontramos, me dijo que lo había leído esta semana, que ya lo había leído tres veces, que me quería leer poemas de él, que me quería hablar montones de cosas de lo que había sentido con el libro. Entre los que me leyó, estuvo “Carta de marzo”. Ese es el poema que yo quería escribir cuando empecé a escribir a los 15 años. Y lo busqué y lo busqué hasta que cuatro años después di con él. Y ahora que está en el libro, cuando ella me lo leyó, volví al recuerdo de la tarde en que me despedí de la niña a quien se lo escribí.

Me queda tu alegría de luz volando crines
en jardines de tarde que han cerrado sus puertas.

Mientras Mónica me leía, vi esa tarde sábado. Nos gustaba correr e hicimos una última carrera por todo el parque. “Alegría”, “volando”, “jardines”, "luz". Allí estaba yo, un muchacho que corría con todo lo que podía porque sí. Eso es volar. Y con mis versos, leídos por Mónica, estuve allí otra vez.
Y después, en la noche, ensayé con mi banda. Toco el cajón peruano, y desde noviembre estoy tocando con ellos. Nos llamamos Avenida Independencia. Les dije de la loquera que había dicho Mónica, que ya había leído tres veces el libro, pero ellos se miraron entre sí y me dijeron: Pero si eso es lo que yo he estado haciendo; yo ya casi lo leí dos veces. Yo voy por la una y media, dijo otro. Y yo todos los días le estado leyendo poemas sueltos, agregó un tercero. Yo no podía entender eso. Para mí muchas de las cosas que escribí allí son traumáticas. Muchas imágenes y poemas yo los veía como exorcismos hechos y derechos. Pero ellos, igual que Mónica, igual que otras personas las semanas pasadas, me decían que los disfrutaban, que los emocionaban, que sentían que les decían tanto que una sola lectura no era suficiente.
Eso pasó y ensayamos, y entre las canciones de ese día estaba una nueva de Deledda Funes que todavía nos estábamos aprendiendo. Cuando llegamos a esa, me emocioné. Desde la primera vez que la oí (hace un par de semanas, Deledda sacó la letra, dijo Yo tengo una nueva y, como quien no quiere, empezó a cantar algo que me electrizó), no había dejado de cantarla. Caminaba por mi casa y la cantaba, lavaba mi ropa y estaba cantándola, me acordaba del arreglo del teclado y empezaba a darle otra vez con el coro. "La oscuridad de la noche/ te trae y te lleva", dice. Sí: las cosas no son fijas, sino que cambian, y uno sólo está allí, en medio de eso, y puede luchar por cambiar cosas que no se pueden cambiar (o sea: darse y darse contra la pared) o dejar que "la oscuridad de la noche" lo traiga y lo lleve y confiar en que así pasan las cosas, en que así es el juego. Eso me dice, eso siento con esa canción. 
El viernes, varios nos pusimos a corearla, le hicieron una versión para tres guitarras, y yo tocaba y tocaba y sentía que los golpes al cajón venían solos, que era la canción la que me hacía darlos y no yo el que decidía mover las manos. Entonces entendí lo que Mónica y la banda me habían dicho del libro. Mis poemas eran como una canción que se pega, sí: de esas que uno la oye y pasa prendido de ella toda la semana, todo el mes, todos los meses de esas fiebres musicales que le agarran a uno. Y me sentí agradecido, tanto por la música de ellos que a mí me tocaba y me alimentaba y me alegraba, y me hacía que toda la semana hasta el siguiente ensayo pasara cantándola, como por la emoción que les causaban mis poemas. Todos habíamos hecho con palabras algo bonito para los otros, y eso es algo que da una gran emoción (algo que se siente físicamente) y agradecí sentir eso y poder haber hecho algo que a otros les causara lo mismo que a mí. 
La columna de Jacinta, las canciones de Deledda y de los demás amigos de la banda, las reacciones de las personas a mis poemas, lo que mis textos y mis poemas me han dicho al volver a leerlos y las palabras de tantas personas: todas han sido cosas tan bonitas, tan que dan ganas de alabar a la vida, tan todo, tan de eso que no se puede decir porque es tan todo. No sé si con este texto transmito algo de la emoción que he sentido. No lo sé, de veras que no. Pero lo que he estado viviendo y leyendo y oyendo me lanzó a escribir, y quisiera decir eso: me he emocionado, me he sentido emocionado de estar vivo. Y, como dice César Fagoaga para terminar su columna de hoy, que mi hermana, en un rito que empezó el año pasado, nos leyó a mi mamá y a mí en el desayuno, Gracias por leer.

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Salvo el ambiente del Quijote , del Fausto Criollo y hasta de tu próximo libro (si eres autor), nada conozco que sea digno de una inmortali...